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Se los dije / La Feria

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Sr. López

 

Tío Remi (Remigio, de los de Toluca), era peculiar y su esposa, tía Cata (Catalina), era tonta. Él era inventor, eso decía, pero era raro que ganara dinero. Tía Cata recibía huéspedes, vestía niños Dios; en la puerta de su casa en las mañanas, vendía atole y tamales; en las noches, quesadillas: se deslomaba por sus siete hijos. Tío Remi aparte de inventar cosas, hacía hijos: era más católico que su esposa. Las señoras de la familia, cuando iba en el onceavo hijo, le dijeron que siguiera el ritmo (ella dijo que eso hacía, pero no se refería a los ciclos de infertilidad, era tonta). Los señores de la familia le ofrecían empleos a Remi, pero alegaba que el día que le ‘pegara’ a un invento, sería rico, y la tía le decía que sabía que así sería. Ya esperaba el treceavo hijo cuando tío Remi se fue a los EUA, disque a patentar una alarma de puerta (un simple botón de resorte), y se dejó de saber de él. Tía Cata refugiada en casa de sus papás, decía que cada día que pasaba era uno menos para el regreso de su esposo. A los siete años de ausencia sin noticias, tía Victoria, la deslenguada y claridosa, le dijo: -Ya tramita tu divorcio –la tía dijo que jamás, que ella era leal, y entonces tía Victoria, respondió seca: -Tú no eres leal, eres una mascota –y se dejaron de hablar. El tío jamás volvió y los hijos no permitían que su mamá lo mencionara.

 

Definir con acierto la lealtad no es fácil. No parece del todo suficiente lo que consigna el diccionario de la Real Academia (1. f. Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien. 2. f. Amor y fidelidad que muestran a su dueño algunos animales, como el perro y el caballo. 3. f. p. us. Legalidad, verdad, realidad), pues habría que establecer fuera de duda y objetivamente qué son la ‘fidelidad’, el ‘honor’ y la ‘hombría de bien’ (cosa del todo contraria a la igualdad de género, que por sus estrambóticos y no negociables principios obligaría a añadir ‘mujeridad de bien’). Tampoco basta lo que Josiah Royce en su obra ‘La filosofía de la lealtad’ (‘The Philosophy of Loyalty’, 1908, USA), tuvo la audacia de definir como “principio moral básico (…) centro de todas las virtudes, deber central entre todos los deberes (…) devoción consciente, práctica y amplia de una persona a una causa”, pues habría que apresurarse a anotar que lo ‘moral’ depende de cada sociedad (moral viene del latín ‘moris’, costumbre), lo que la hace no-universal; aparte de definir qué se entiende por ‘devoción’ por su tufo religioso aunque se intuya se aplica a la fidelidad o cuando menos, a la inclinación por algo a alguien.

 

Cuando enfrenta uno conceptos escurridizos así, a veces sirve más no definirlos y mejor exponer su opuesto, para encontrar por contraste la esencia del concepto. Digamos pues que lealtad es lo opuesto a traición. Y ya se siente más firme el suelo. ¡Ah! y la lealtad es virtud. La traición, no. Por eso no se puede ser exageradamente leal, no hay exceso de virtud ni de bien (y a necios, cínicos y pertinaces, pregúntese si puede haber ‘exceso de salud’, digo, para ahorrar aliento).

 

Por otro lado, de la política depende la buena marcha de la sociedad, la obtención del concierto entre los individuos y el bienestar general; es el oficio más importante a nuestra especie; y en la política parece ser indispensable la lealtad: lealtad a ideales, a proyectos, a líderes.

 

Sin embargo debe señalarse que no hay lealtad al mal: los 40 ladrones de Alí Babá y los canallas seguidores de Hitler, no eran leales, eran cómplices.

 

Cosa distinta particularmente en política, es la lealtad a ideales o proyectos que resultan ser equivocados o a personas que extravían el rumbo: se es leal a un ideario en tanto su desarrollo muestra que es equivocado o produce males, en cuyo caso se modifica o desecha; se es leal a un líder en cuanto sus actos no causen daños o su criterio no se extravíe, en cuyo caso, por lealtad a esa persona, se le advierte, se le presentan las dudas o evidencias de lo que puedan ser o sean metidas de pata: no es lealtad aceptar calladamente el error, tolerar los desvíos, aplaudir los despropósitos. Esa falsa lealtad es reprobable.

 

Por supuesto, en política, es terreno muy resbaloso eso de enfrentar convicciones o apreciaciones personales, divergentes a las directrices o decisiones del líder, lo que obliga a reflexionar en el carácter subjetivo de la virtud (en este caso la de la lealtad): no se trata de tener razón sino de ser coherentes con los principios y certezas personales. Si el líder está en lo correcto, también será correcto que uno de sus seguidores abandone su proyecto, por estar sinceramente convencido de que es erróneo. Y ya el tiempo pondrá a cada uno en su sitio.

 

De ello, entre otras cosas, se desprende la obligación de los leales a advertir de aquello que les parezca equivocado: el que siempre y en todo da la razón al líder poco abona en su favor y suele allanarle la ruta al fracaso. Por eso los secretarios del gabinete presidencial ‘toman acuerdo’ con el Titular del Ejecutivo; no van a recibir instrucciones, van a ‘acordar’, convenir, concordar, concertar las decisiones del Poder; presentan sus ideas, las discuten y las defienden. No pocas veces prevalece el criterio de un Secretario sobre el del Presidente (al menos antes).

 

Los que forman parte del primer círculo de nuestro Presidente, sus secretarios y cercanos, tienen la obligación de no darle por su lado y hasta de enfrentarlo, respetuosa pero firmemente, aduciendo razones e información precisa. Antes que su lealtad a él, está la lealtad al país. Y lo mismo rifa para los gobernadores de todos los estados, en especial los de Morena: no conduce a nada bueno cohonestar con decisiones equivocadas o erráticas del Presidente de la república. Malo para el mismo Presidente, malo para los estados, malo para la gente, que en última instancia es la primera merecedora de lealtad.

 

Esto urge, hay quien apuesta al fracaso por el inicuo gusto de decir se los dije.

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