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Que nos bendiga Dios / La Feria

Que nos bendiga Dios / La Feria
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Sr. López

 

Tía Tita se llamaba Carlota (como sonaba muy fuerte le decían Carlotita y luego, por economía de aire, quedó en Tita), era de las de Toluca, hermana menor de tía Rosita, esa que ya sabe, la que vivió hasta los 117 de edad (o más, porque decían los viejos que se quitaba años). Tía Tita, nacida en pleno siglo XIX (tía bisabuela de este menda, no se crean que está uno en formol), se casó, tuvo nueve hijos y vio 15 bisnietos. Vivió largamente y sin sobresaltos, era cariñosa y de carácter plácido, pero si quería usted alarmarla hasta casi el soponcio, bastaba con insinuar que se había sabido algo de la familia: -“¡¿Qué, de quién… algo feo?!” -esclava del “qué-dirán”, sufría como un cáncer de muelas si trascendía la menor “cosa de casa” (para ella, “casa” era sinónimo de “familia”); y fue maestra en guardar las apariencias (nomás les digo que aparentó la boda de una de sus hijas -según ella que fueron a Zacatecas al casorio, pero de la Ciudad de México no pasaron-, y luego aparentó ¡su viudez!, todo para legitimar el robusto bebé con que regresaron al año); tanto cuidar las apariencias era desagradable, pero se hace uno mayor y entiende que México es así: el reino de las apariencias.

 

En general somos buenos en parecer menos amolados de lo que estamos (Carlos Slim y similares, excluidos); nos pintamos solos para ese menester: compramos coche a 360 meses de plazo, sin tener para la tenencia ni su mantenimiento; la señora más fregada de la cuadra, a la hora buena, se pone unos aretes que parecen de oro y brillantes (chinos, comprados en el tianguis); el campesino más procampero, calza tenis Nike (piratas); y la fiesta del pueblo es con la Banda el Recodo y Ninel Conde, aunque vendan todas las vacas. Usted lo sabe: así somos.

 

Este nuestro perpetuo aparentar es genético. Cuando Cortés llegó a Tenochtitlan, la raza le echó el cuento de que a Moctezuma no se le podía ver a los ojos ni darle la espalda (¡respetillo!), porque no querían malas interpretaciones de los taparrabos y penachos, ni que se creyera mucho con su “Sacra Cesárea Católica Real Majestad” (Carlitos I y V, Rey de España, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico) y su corte de agachones, no señor, que acá también hacía aire y el Xocoyotzin era “Señor sobre todos los Señores y el mayor de todos” (¡ajúa!), aunque prontito le entraron dudas a Cortés, al oír el coro de mentadas de madre en náhuatl dirigido a Moctezuma y mirar que lo mataron a pedradas (sin verlo a los ojos, eso no).

 

Ya conquistados, se refinó nuestro arte de aparentar y en masa se fingió que se creía en la nueva religión, pues estaba muy mal visto seguir rezando a los dioses de antes (y lo molían a palos), aunque a la fecha sigan, nomás vaya al atrio de la basílica de Guadalupe y mire a los danzantes adorando a Tonantzin cada 12 de diciembre.

 

Nos independizamos de España ya muy entrenados y fingimos que nos revientan el hígado los españoles, pero si llega a una familia estándar un güerito gachupín por la mano de la nena de la casa, ¡echan cuetes! (¡Josú!), y en las plazas de toros, no pocos empiezan a cecear, se ponen boina y se chorrean la camisa tratando de beber vino de la bota, como si acostumbráramos el tinto o una flácida bolsa de pellejo fuera mejor que un pumpo de guaje (por si alguna prueba hiciera falta de que no todo lo que viene de fuera es mejor), y todo por aparentar un delicioso extranjerismo de asco.

 

Nos echamos 30 años de porfirismo aparentando que nos encantaba lo francés y que no había nada mejor que trabajar en una hacienda. Luego el siglo XX completo, aparentando que ¡viva la revolución! y que éramos democracia, sabiendo todos que nomás tantito, y lo tantito que se logró ya lo echaron para atrás (¡ay, Dios nos conceda que no arda esto!), que esfumar al IFE y dotarnos con el flamante Instituto Nacional Electoral, por más maquillaje que le eche don Córdova, tiene un tufo insoportable de golpe centralista a las elecciones de todo el país, preludio posible del “apocalipstick” patrio, diría Monsi.

 

También aparentamos durante buena parte del siglo XX que nos creíamos que lo hecho en México estaba bien hecho, que no necesitábamos nada importado, pero oiga usted, en cuanto se abrieron las fronteras, nos inundamos voluntariamente de zarandajas que por el solo hecho de venir de fuera la gente quiere (¿o de veras su celular de un año de viejo es inservible?); en fin, ahora aparentamos que jamás usamos sábanas de manta Cabeza de Indio (estupendas) y que es imposible dormir sino entre unas Frette italianas (lino egipcio, 800 hilos, no sea naco).

 

Y así vamos, aparentando, aparentando, que detestamos a los políticos y todo les toleramos; que nada nos gusta del gobierno y no hay quien rechace una plaza de “aviador”; que “los maestros” ya ni la friegan, pero ni a empujones va uno a las juntas de padres de familia (a menos que sea un argüendero que algo quiere); que nos horroriza la delincuencia organizada y nadie abrimos el pico si el vecino estrena camioneta con defensas de oro macizo y esposa.

 

Vale la pena repetir: nos especializamos en aparentar que detestamos al gobierno, porque a ver quién es el macho que se planta a media calle y grita ¡viva el gobierno!, ¡arriba la autoridad! No, eso está mal visto, eso no se hace, y fluye mansamente gobierno tras gobierno, porque a fin de cuentas nos sería muy cuesta arriba aceptar que nuestros gobernantes son espejo de lo que somos, que no vienen de otro mundo ni de un país enemigo. ¿No nos gustan?… bueno exijamos que cumplan ellos, pero cumplamos nosotros, que no hay posibilidad de ejercer derechos sin cumplir deberes.

 

En este año recién estrenado, aparentemente, nada importa más que las elecciones casi generales que tendremos en escasos seis meses: tampoco es cierto. Lo que sí esperamos es que alguien haga algo, alguien, el de junto, otro, si quieren todos, menos yo, y así de uno en uno, la vida nacional es una simulación masiva. Que se trepe al poder el que pueda y que nos bendiga Dios.

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