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“Para arriba y hasta arriba” / Cróninornas

“Para arriba y hasta arriba” / Cróninornas
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Francisco Félix Durán

Buscando un regalo de cumpleaños para una fiesta infantil a la que asistirían mis hijos, escuché una canción que me regresó 15 años en el tiempo. Sonaba “Dance Join” de Bakte en Plaza Sol y rememoré aquella época cuando era un estudiante del COBACH 01 en Tuxtla Gutiérrez. Al día de hoy solo tres cosas han cambiado respecto a esa escuela: primero, el uniforme era verde pistache y ahora es blanco; segundo, hoy todos los salones cuentan con “minisplits” y anteriormente existían unos ventiladores que amenazaban con caer; y tercero, lamentablemente la música banda se volvió muy popular entre su alumnado. Mi generación supo disfrutar del reggae y el ska cuando fue su apogeo en México y muchas agrupaciones de esos géneros llegaron a Chiapas.

De aquella generación aún conservo algunas amistades entrañables y una de ellas es Julio Grimaldo, quien es un excelente ilustrador hoy en día. Un viernes al salir de clases me dijo «Vamos a San Cristóbal ¿Te la rifas?», a lo que respondí que sí. Para los que no entienden el término “rifarse”, significa irse como sea y con lo que tengas en los bolsillos. Por ello esta Cróninorna trata de un pequeño viaje y de cómo Jah siempre provee.

En la noche de aquel mes de noviembre nuestro plan era infalible, con el dinero que juntaríamos entre todos nos meteríamos una gran peda. Asistiríamos a dos sitios: el primero sería el “Blue” en donde tocaría Antidoping y el segundo sería “El Circo”, lugar en el que todos los fines de semana se presentaba Bakte. En este último punto pensábamos amanecer y a las cinco de la mañana partir a la terminal de autobuses OCC, no para abordar, sino para resguardarnos del frío y descansar un rato. Dadas las 08:00 horas iríamos a la carretera a pedir “ride” hacía Tuxtla como muchas veces lo habíamos hecho. Nada podría salir mal.

Así fue como Julio, su primo Aarón y yo, partimos a San Cristóbal de las Casas. Para los que no conocen esta ciudad multicultural, deben saber qué hace mucho frío y que diariamente es transitada por personas de diversas nacionalidades, además de ser habitada por tzotziles y tzeltales. Solo ahí podemos hallar ojos de avellana, de menta azucarada, de limón dulce y de chocolate al sol. Y hace muchos años antes del “sexenio de la música banda”, pude asistir a conciertos de grupos como Los Pericos, Jarabe de Palo, Sekta Core, Gondwana, Panteón Rococó, El Gran Silencio, entre otros. Incluso cuentan que Manu Chao se aventó algunos palomazos en algunos bares locales, cuando pasó por ahí para asistir a un concierto que ofreció a los Zapatistas en La Realidad.

Ya en el hoy denominado Pueblo Mágico, fuimos directamente al “Blue”. Bailamos y cantamos el himno de la ciudad a cargo de Antidoping: “San Cristóbal la vibra positiva…”. (Quien no haya leído lo anterior cantando, absténganse de continuar con la lectura). Y justo ahí fue que el verdadero viaje inició. En el bar conocí a una chica belga que hablaba francés. En un inicio no nos entendíamos en absoluto pero conforme avanzó la noche descubrimos que las pestañas sirven de alfabeto si sabes asentir con la mirada. Para cuando la negra lavaba la ropa, los chicos ya tenían lo que necesitaban para volar y escape con ella al sitio en donde se hospedaba. Caminamos en absoluto silencio por los gélidos andadores de la ciudad, mi respiración delataba el frio que sentía hasta que me abrigó con su mano y me hizo señas de habíamos llegado. Aunque ella no conocía las calles su olfato la condujo al lugar correcto, se trataba de la posada “El Camello” y siempre olía a marihuana.

Una vez dentro de su habitación e iluminados por un foco de 60 watts, quedé estupefacto con sus ojos verdes y mis pestañas se desplomaron ante la acuarela amarilla de su cabello. Lo cierto es que en la oscuridad,  todos somos cazadores al acecho pero a la luz sólo somos conejos asustados. En ese momento lo único que se me ocurrió fue ir por alcohol. La razón era sencilla y la explica mejor Charles Bukowski: “Si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si algo bueno pasa, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que algo pase”. Así que fui por unas chelas, confiado en que algo pasaría, pero lo único que sucedió fue que me perdí de la noche más “belga” de mi vida hasta entonces. Al volver a la posada ya no me permitieron el acceso porque no era huésped y no tenía idea del nombre de la chica o el número de habitación en donde se hallaba. Sólo, ebrio y devastado, partí hacía “El Circo” en donde me esperaban mis amigos.

Era aproximadamente la una de la mañana y caminaba por los andadores que rebosaban de gente. La humedad de las calles te permitía ver la luna a tus pies. En mi camino me hallé con una mujer usando un chal muy colorido y el “Tsekil”. Cruzamos nuestros pasos y al darle la espalda me escupió los pies y salió corriendo. En el momento pensé que me había maldecido, pero un amigo sociólogo me explicó que en los pueblos originarios hacen eso para no “echarte ojo”, así que supongo me sentí halagado.
Una vez que llegué a “El Circo” me percaté que se había unido una persona más al grupo, se llamaba Daniel y todos cumplimos con el objetivo, ponernos la peda de nuestras vidas. Al sonido de Bakte, bailando y con las manos arriba pasamos una noche excelente. Nunca entendí por qué ese grupo no trascendió. Una vez concluida la tocada, comenzaron a levantar las sillas y estaban por cerrar el lugar. Apenas eran las tres de la mañana y ya estábamos apostados afuera del bar esperando a que escampara para dirigirnos a la OCC. Solo había un pequeño detalle que olvidé mencionar, ese día estaba resfriado y la temperatura bajo cero literalmente me estaba matando. No dejaba de temblar y en mis labios se comenzó a formar una costra. Mis amigos se preocuparon, Julio y Aarón comenzaron a discutir sobre ir a pasar la noche con sus tíos. En tanto yo, solo observaba el viento. Muchos dirán que eso es imposible pero cuando llueve es fácil verlo correr y saltar, incluso se burló de mí y me escupió en la cara. Todo viene del viento y el viento lo dibuja todo.

Desperté y me encontraba totalmente abrigado, mis amigos jugaban “Súper Mario Bros” en un Nintendo. Volví a cerrar los ojos y me cobijé de nuevo, el frío había pasado. Nos hallábamos en casa de los tíos mencionados, nuestro plan infalible falló. Ya con un lugar en donde dormir y comer, decidimos quedarnos una noche más y a falta de dinero con 20 pesos compramos dos litros de “pox” para pasar la tarde. Esta bebida que es un destilado de maíz, lo usaban los mayas para lograr una conexión entre nuestro mundo y el de los espíritus. Cada sorbo cumple con un propósito, desde curar males físicos, hasta mentales y espirituales. Lo anterior lo sé de cierto, pero no podría aseverar a los cuántos sorbos curé mis dolencias porqué perdí la cuenta. Eso sí, la felicidad vino a mí y no volví a sentir frío.

Por la noche en el billar de unos conocidos al momento de ir al baño, le cedí el paso a un sujeto que me imploró lo hiciera. Cuando me tocó entrar, al salir me estaba esperando y me dijo que deseaba agradecerme. Me preguntó con quién estaba y se acercó a mis amigos. Les comentó que por haber sido yo un buen samaritano, nos invitaba a celebrar la noche con él y que todo correría por su cuenta. «Así somos en Nicaragua, bien buena onda y agradecidos», repetía una y otra vez. Al salir del billar nos dijeron que tuvimos mucha suerte de hallarnos con “El Paga”, así apodaban al nuevo integrante de nuestro grupo.

La primer parada que hicimos fue en el bar “Revolución”, una banda local tocó el concierto completo de “Radio Bemba Sound System” de Manu Chao. Cuando tocaron “Welcome to Tijuana” el suelo vibró y todos lo hicimos también, haciendo un ritual en donde expiabas tus faltas con el sudor generado al bailar. Ahí nadie era marihuano, borracho, inmoral, freaky o extranjero. Solo éramos personas felices en comunión. Debo confesar que mis amigos y yo siempre quisimos ir a Tijuana para vivir la canción, pero lamentablemente el narcotráfico convirtió a esa ciudad en una de las más peligrosas del país.
Concluida la tocada nos dirigimos a “El Circo” para escuchar a Bakte de nuevo y ahora sí, íbamos “para arriba y hasta arriba”. La noche concluyó como ya imaginan, la misión inicial fue perfectamente cumplida. En la madruga regresamos a la casa de los tíos de Julio y Aarón, a excepción de “El Paga”. Esa fue la última vez que lo vi y nos dejó un buen sabor de lo que podría ser Nicaragua. Al despertar desayunamos con la familia de mis amigos y fuimos a ver a mi papá quien no sabía estaba en la ciudad, ya no queríamos pedir “ride” y solo queríamos regresar a nuestras casas a descansar. El Coronel Tek, era el Segundo Comandante del Batallón de Infantería de Rancho Nuevo. Le dio gusto nuestra visita, comimos con él y conseguí me diera dinero para hacerme unos “dreadlocks” que nunca me hice. Caída la tarde partimos hacía Tuxtla a excepción de Daniel, él se quedó y jamás lo volvimos a ver. Y no, no volví a encontrarme con la chica belga, les recuerdo que esto no es una comedia romántica. Supongo que eso es San Cristóbal, una serie de encuentros y anécdotas al igual que la amistad.
@fcofelixd

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