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¡Otra vez arroz! / La Feria

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Sr. López

 

Tía Queta, salvo noticia fehaciente en contrario, es un caso único en la historia, desde nuestra madre Eva: la señora se casó y se divorció tres veces… dirá usted que eso no tiene nada de particular y que hay muchas otras mujeres que han reincidido esas y más veces, y tiene razón, nomás que tía Queta se casó y se divorció las tres veces con y del mismo señor, tío Chucho, que era igualito a Beto el Boticario (aunque nadie se lo decía de frente), muy buen tío aunque parece que como marido tenía sus detallitos. Ya viejita la tía, explicaba su trayectoria matrimonial diciendo: -Es que no me resignaba y le hacía la lucha, pero, pues no… -pues sí.

 

El PRI empezó como PNR (Partido Nacional Revolucionario), fundado por Plutarco Elías Calles en 1928 para que se arreglaran los asuntos políticos sin balazos ni asonadas (sus documentos básicos decían que el objetivo era mantener “una disciplina de sostén al orden legal mediante la unificación de los elementos revolucionarios del país”): lo consiguió y así se estuvo hasta 1938; guste o no, el moderno Estado mexicano fue creado por Calles y a él debe el país las instituciones básicas que explican su funcionamiento, a la fecha.

 

Luego, a consecuencia del pleitazo entre él y Lázaro Cárdenas, le cambiaron a PRM (Partido de la Revolución Mexicana), con cambios de fondo para borrar el callismo del panorama político nacional, abandonando la política de masas, creando los sectores que controlaban la casi totalidad de la vida nacional (sector campesino -CNC-; obrero -CTM-; popular -CNOP-, y militar, que desapareció hasta los años 40); y mantuvo ese nombre hasta 1946, cuando Miguel Alemán (con la complacencia de Ávila Camacho), creó el PRI, para dar paso a los civiles y los universitarios a la vida política e incorporar el país a la modernidad de entonces.

 

De PNR a PRM y PRI: tres presentaciones de un mismo producto que se fue adaptando a los evidentes cambios de un país en ruinas que en 1929 tenía menos de 16 millones de habitantes, al actual, una de las 15 principales economías del mundo con casi 130 millones de pobladores.

 

Un partido creado para una circunstancia muy particular (Calles no dijo que era para siempre, no frieguen), que se acomodó como mejor fue pudiendo a la cambiante situación interna -hoy del todo distinta-, y a los intereses del centro de gravedad que por geopolítica nos corresponde (los EUA).

 

Un partido que en sus primeros cuarenta años hizo realidad muchas aspiraciones del pueblo y consiguió por mérito propio ser un estado benefactor con altas tasas de crecimiento que el mundo calificó como el “milagro mexicano”.

 

Un partido que se durmió en sus laureles y permitió todo a los que llegaron después a la presidencia de la república, y sorprendentemente sobrevivió a las crisis económicas sufridas en los sexenios de Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari-Zedillo.

 

Un partido que no entendió el significado real de la ruptura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, de la derrota que sí sufrió Salinas en las urnas ni del asesinato de Colosio en 1994.

 

Un partido que no supo ser oposición cuando perdió la presidencia 12 años, y que, lejos de corregir y reinventarse en 2012, cuando la recuperó con Peña Nieto, se regocijó con su propia imagen como Narciso y no puso objeción ninguna al completo abandono de sus principios y estatutos en su XXI Asamblea General ordinaria, de marzo de 2013, cuando por disciplina de intereses individuales, los cambió todos, arrumbando su identidad.

 

El PRI no lo sabe y si ya se enteró no lo dice, pero ya falleció. Expidió su propia acta de defunción al aceptar de hecho que carecía de alguien digno o capaz de ser su candidato a la presidencia en 2018: sin tomar en cuenta a los partidos morralla, en esta elección el PRI quedó en último lugar con su más baja votación (peor que Labastida… y eso, arde).

 

El lunes pasado, René Juárez Cisneros renunció a la presidencia del PRI y la asumió Claudia Ruiz Massieu Salinas, sobrina de su tío Carlos, con Rubén Moreira de secretario General, hermano de su hermano Humberto, de no feliz memoria. No tienen remedio.

 

Juárez Cisneros declaró al renunciar que “(…) la transformación del PRI debe de ser del tamaño de la derrota”; y también aceptó que “(…) el PRI se ha alejado de sus bases y se ha infiltrado la simulación y la demanda de una democratización de sus procesos internos, de una gestión social entre sus simpatizantes”.

 

Y nada más por eso era para que desapareciera el PRI, ya. No es creíble que vayan a intentar otra vez seducir a La Patria. El modelo se agotó, su militancia es ficticia, se fueron desmoronando y su última gran oportunidad la dilapidaron.

 

Por su lado, doña Claudia, asumió el mando del PRI declarando, entre otras frases de circunstancia: “Asumo la presidencia del partido como una militante que ama al PRI y que ama a México. La asumo con plena convicción de que sí hacemos un ejercicio de reflexión verdadero, incluyente, cercano a la gente y cercano a la militancia, habremos de recobrar la confianza ciudadana y podremos seguir sirviendo a México”. Bostezos.

 

Este neoPRI creación de Peña Nieto y sus amiguitos, no puede ni intentar montarse en las glorias de un pasado ya remoto. Ni el partido comunista de la Unión Soviética duró tanto. Ya entiendan lo que les dijo la ciudadanía el 1 de julio: no existen. Y lo mismo vale para el PAN y el PRD: los partidos políticos mexicanos mutaron a un sistema de equilibrio de intereses, la partidocracia.

 

Entre esos tres partidos hicieron posible a AMLO que no es sino un no muy disimulado retorno de una versión del PRI, la de él, cuyo discurso es para otra circunstancia en otra época y no tiene escriturado el futuro, y que para mala suerte del país, aun no es partido y difícilmente lo será, pues la verdad no es hoy sino un muégano de intereses encontrados y hasta opuestos, de personajes menores que ya sueñan con darle en todo por su lado para lograr sucederlo y reeditar la historia del tricolor. ¡Otra vez arroz!

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