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Otra pasta / La Feria

Otra pasta / La Feria
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Sr. López

 

La prima Olguita, que estaba de mandar al psicólogo a la Diana Cazadora (que ni se llama así, sino “La Flechadora de las Estrellas del Norte”), estaba metida en tremendo chisme, pues fuente que exigió el anonimato, sostenía bajo protesta de decir verdad, haberla visto ingresar en vehículo automotor conducido por desconocido del sexo opuesto, a un establecimiento dedicado al intercambio lúdico de secreciones corporales (vulgo: motel), siendo que sus padres la suponían en el cine con otras primas y amigas, viendo castamente Mary Poppins  (de Walt Disney, con Julie Andrews y Dick Van Dyke; música de Richard y Robert Sherman; 1964). La prima Olguita tenía un testigo, el primo Pepe, el más impresentable primo que tenerse pueda, quien de plano se rehusó a dar fe de los hechos: -Si yo soy tu testigo, ya te fregaste… que tu mamá le hable a las mamás de tus amigas, a las otras tías… quien sea, menos yo, no seas tonta –tenía razón.

 

Ahora resulta que le creemos a las encuestas. ¡Cosa más grande!, diría Trespatines. Y por las encuestas ya es un hecho indiscutible que ya sabemos quién va a ganar las elecciones del próximo 1 de julio.

 

De repente, así, los medios de información presentan las cosas de una manera que hace parecer una inmensa estupidez el enorme gasto en el proceso electoral: si ya sabemos quién va a ganar, si ya ganó y solo haciéndole trampa en las urnas no gana, hay que impedir que se instalen las casillas electorales -para que no le hagan trampa-, y llevar en andas a Palacio Nacional al redentor patrio, terciarle la banda presidencial y reunidos todos en las plazas públicas de todo el país, clamar a coro un cívico ¡hossana!

 

Pareciera que por un extraño fenómeno las empresas encuestadoras están exentas de la práctica del deporte nacional: mentir.

 

En México, supone este López, la gente miente como en cualquier otro país (políticos incluidos), pero la diferencia es que en México, casi nada oficial es cierto.

 

Deje usted de lado lo de la conquista… está bien: 400 españoles derrotaron a los 150 mil guerreros aztecas que defendieron Tenochtitlán (léase “El Dios de la Lluvia llora sobre México”, de Laszlo Passuth; editorial Austral). Ok… Cortés con esos pocos, más 10 cañones, 16 caballos y cuatro perros, dominaron a 300 mil capitalinos y millones de indios. Perfecto. Por cierto, de sus aliados tlaxcaltecas escribió Cortés: “Nunca he visto una raza tan despiadada ni a seres humanos tan inmisericordes”.

 

Luego brilla nuestra gloriosa Independencia con don Miguel Hidalgo, el “Padre de la Patria”, quien jamás la proclamó, que lo que él dijo fue: “¡Viva la religión, viva nuestra madre santísima de Guadalupe, viva Fernando VII -el Rey de España-, viva la América y muera el mal gobierno!” (ni “México” dijo), según registra el edicto de excomunión publicado en la Gaceta extraordinaria de México, número 112, del  viernes 28 de septiembre de 1810.

 

No hubo Pípila; ni los Niños Héroes eran niños; y al bobo de Maximiliano los conservadores le hicieron creer que la población lo había elegido emperador, se nacionalizó mexicano y se vino a que lo fusilara Juárez, que en vida no tuvo buena fama por varias buenas razones (un día que quiera hacer corajes busque en San Google, el Tratado McLane-Ocampo, que en los hechos dividía a México en cuatro partes, con tres corredores propiedad yanqui a perpetuidad -Istmo de Tehuantepec; Guaymas-Nogales; y Mazatlán-Matamoros, por la ruta que el gobierno yanqui decidiera-, que para nuestra buena suerte no ratificó el Congreso… de los EUA), pero igual está en su pedestal don Benito y su frase del “Derecho ajeno… bla, bla, bla” no es de él sino de Benjamin Constant de Rebecque que se inspiró en una casi igual de Manuel Kant (“La paz perpetua”, 1795). 

 

Luego viene nuestra refulgente Revolución (1910-1929), contra Porfirio Díaz, con su cauda de héroes: Madero, Carranza, Obregón, Villa, Zapata… sí, nada más que la Revolución terminó el 25 de mayo de 1911, cuando Díaz botó la chamba de dictador. Madero asumió la presidencia, lo mató Huerta; se alzó Carranza, Huerta huyó; Carranza, mató a Zapata y Obregón mató a Carranza y ya en esas, también a Villa; a Obregón, por reelegirse, lo mataron entre todos y se trepó Calles, que fundó el PNR que pasó a PRM y hoy llamamos PRI; pero a Calles lo desterró Cárdenas… y se quedó el PRI hasta nuestros días (con un par de sexenios sabáticos), aunque ya irreconocible.

 

Así, oficialmente México vive en un régimen democrático desde el 9 de abril de 1917, cuando fue elegido Carranza; luego, como lo derrocaron y asesinaron, entró un interino (Adolfo de la Huerta); hubo elecciones el 4 de septiembre de 1920 y ganó el que tiró a Carranza, Obregón, por el 95.8% de votos (¡ajúa!); Calles ganó con el 84.15%; luego Ortiz Rubio le ganó a Vasconcelos con el 93.58% de votos (proceso que se considera el mayor fraude de nuestra historia, lo que es decir); Lázaro Cárdenas ganó con el 98.2% de la votación (siempre recto mi general); y así hasta ahora, primero a balazos, luego a urnazos, pero siempre en democracia, eso sí.

 

El caldo cívico nacional ha sido siempre la mentira. Esto de las encuestas sobre las elecciones empezó en 1988, cuando Salinas de Gortari (hay quien dice que empezó en 1976, cuando la elección de López Portillo, pero no es muy de tomar en cuenta porque don Pepe fue candidato único y ganó con el 91.90% de los votos a su favor, legalito, claro). En 1988 las encuestas daban en promedio una holgada victoria a Salinas y resultó que se la tuvieron que robar a Cuauhtémoc Cárdenas… chin: ahí para la otra. El 1994 con Zedillo tampoco acertaron; en 2000 con Labastida, lo daban ganador; en 2006 -ya con más callo-, dijeron que no podían predecir nada; en 2012 vaticinaron que el PRI ganaría con entre el 11 y el 20%… sí, cómo no.

 

De cualquier manera, las encuestas hoy son pasión y hemos de suponer que solo en este caso, nunca, por ningún motivo, se hacen sesgadas, al golpe, ni mienten, porque los encuestadores son mexicanos de otra pasta.

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