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Noroña / A Estribor

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Juan Carlos Cal y Mayor 
Dicen que para que la cuña apriete debe ser del mismo palo. El recién estrenado presidente de la cámara de diputados, Porfirio Muñoz Ledo, con un largo caudal de experiencia y colmillo político, puso en su lugar al ahora diputado Gerardo Fernández Noroña. Un día antes Noroña, como ya es su costumbre, intentó entrar al Palacio Nacional, para increpar el último informe de gobierno del presidente Peña Nieto.
En el desaguisado, a las afueras del recinto, se topó con Martí Batres y Muñoz Ledo, quienes encabezan respectivamente la cámara de diputados y la de senadores. A ambos los increpó por asistir a dicho evento al cual estos acudían respectivamente en su carácter institucional. Los dos legisladores de Morena fueron insultados, además de Noroña, por otras personas que se encontraban por ahí.
Ya posteriormente en la sesión de la cámara de diputados, Fernández Noroña solicitó el uso de la palabra desde su curul anticipando el cuestionamiento y autoerigido en dictador de las buenas conciencias en cuya cabeza no cabe no solo el hecho de que se trata de un comportamiento institucional, sino en un sentido muy distinto al tono que López Obrador ha optado para una transición pactada en los mejores términos de colaboración con el gobierno saliente.
El Presidente electo desde su discurso inicial ya reconocido como candidato ganador habló de reconciliación y gobernar para todos. Y nadie se puede llamar engañado al respecto, ni los votantes, ni los Noroñas, ni los Taibos. Reiteradamente a preguntas expresas de periodistas en medios nacionales, afirmó durante su campaña que no gobernaría con ánimo revanchista. “La venganza no es mi fuerte” fue una frase acuñada que además le sirvió como espanta pájaros  para quienes durante dos sexenios lo tacharon de ser un peligro para México.
Habrá quien simpatice con el actuar de Noroña porque la inquina fue parte del proceso que llevó a los votantes a colocar al PRI en el sótano de las preferencias electorales, pero sinceramente, el comportamiento de este grotesco personaje de la política deja mucho que desear. Una cosa es ser valiente, encarar, debatir y señalar flamígeramente la indignación que sienten muchos compatriotas y otra muy distinta el demeritar la función legislativa como lo ha hecho el ahora diputado en cuestión.
Este escribidor, asiduamente ve los transmisiones en el congreso, las sesiones del INE, pero particularmente disfruta por ejemplo los debates en el parlamento español. Recién se dio el impeachment, la destitución del ahora ex presidente Mariano Rajoy, moción de censura la llaman; lo que provocó un acre debate en el recinto legislativo español. Se dicen de todo ahí, hasta de que se van a morir, pero resaltan las formas y la elegancia con que se expresan los diputados españoles. Ahí en España, como en Inglaterra y otros parlamentos europeos, se encara abiertamente a los mandatarios que forman parte de las sesiones y están obligados a acudir a ellas. Claro que son regímenes en contraste con el presidencialismo que caracteriza a México, pero el hecho a destacar es el respeto al protocolo y la propia investidura entre parlamentarios que es un derecho igualitario.
En México, Noroña hace lo que se da la gana. Increpa, amenaza, reta y agrede no solo a sus compañeros legisladores sino a cuanto periodista y hasta ciudadano -como pasó reciente en Tijuana- y refleja más bien serios problemas psicológicos de personalidad. Lo imagino desde la escuela en sus años mozos como el típico grandulón que a la primer provocación se liaba a golpes.
Para todo hay formas, pero este señor no las conoce y quiere siempre imponerse y escenificar escándalos que resultan a la postre su modus operandi y de ahí su modus vivendi. Seis años pasó sin un trabajo formal, pero vivió a costillas de la tenacidad con que se conduce como poseedor de la verdad absoluta. Realizó por ejemplo, múltiples viajes a Caracas para visitar al tirano Maduro, quien seguramente “aportaba” a la causa de esa caricatura de político. Encarna a la perfección en el personaje de Tartufo. El es bufón en la comedia de Molière. Utiliza la siniestra pero a la menor provocación pone la diestra. Terminará confrontando a López Obrador por eso éste le ignora. No llamará su atención. “No lo veo ni lo oigo” y lo hará haciendo chiquito al grado de la esquizofrenia.
Por eso celebro que Muñoz Ledo lo haya puesto en su lugar. Los medios sacan siempre raja de las ocurrencias de este personaje que busca notoriedad a toda costa, porque de eso vive. Al paso que va, se encamina a ser el hazmerreir en San Lázaro… Al tiempo…

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