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No más babas / La Feria

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Sr. López

 

De entre el florilegio de discursos, promesas de campaña y compromisos de AMLO, para conseguir lo que consiguió sobradamente, la presidencia de la república, bastaría con que cumpliera dos -así fuera medianamente-, para quedar hecho estatua, como él quiere. ¡Sí señor!

 

En primerísimo lugar, con que de verdad acabe con la corrupción que anida en los más altos niveles del servicio público. No hay tenochca tan bobo como para esperar que se acabe toda -toooda-, la corrupción, pero sí, porque esa sí se puede, la institucionalizada entre quienes ejercen los altos cargos federales junto, por supuesto, con la que practican con sumo entusiasmo los gobernadores de los estados, no todos, se entiende, pero sí más, muchos más que antes, cuando no teníamos un régimen democrático y los señores gobernadores sudaban frío cuando sonaba el teléfono de la red, por la que recibían órdenes, regaños o su despido fulminante en voz del Secretario de Gobernación de turno (tiempos infames en los que no se respetaba la soberanía de las entidades, era horrible). Esto, repite este López, sí se puede lograr, pronto. Con poco basta para que el santo temor de Dios sobrecoja a todos. Probado está.

 

La segunda es recuperar la seguridad pública, asunto en el que arrancó mal al hablar de “reconciliación nacional” (no tenemos que reconciliarnos, no estamos peleados); de “pacificar el país”, como si estuviéramos en una guerra civil o cosa similar; para seguirle con frases ya más elaboradas y más desacertadas: ejército de paz, guardia civil desarmada, abrazos no balazos, becarios no sicarios. Si está compitiendo por el Premio Nobel de la Paz, no se hubiera subido al ring: la inseguridad pública se enfrenta con la ley, la fuerza del Estado y cuando hay necesidad, a tiro limpio; por eso universalmente, todo gobierno tiene en exclusiva dos atribuciones: el tomar legalmente lo ajeno (impuestos y expropiaciones, por ejemplo), y el uso de la fuerza; precisamente por eso. Si un gobierno renuncia al uso de la fuerza y pretende preservar la seguridad pública repartiendo abrazos, le tengo noticias: el crimen, se le va a ir a las nubes (porque hay peor, ahí pregunte en Brasil, Honduras, Nicaragua, Colombia… sin ofender a nadie). ¡No es por ahí!

 

AMLO, poco se ayuda insistiendo en el “perdón y olvido” o ya de oferta, en “perdón sin olvido”. No. Las víctimas merecen justicia y él se juega todo en esta carta: ¿con que derecho o autoridad va a perdonar a los delincuentes, a dejar sin justicia a las víctimas?

 

En el primer foro para la pacificación, el 7 de agosto pasado, ya ganada la elección, celebrado en Ciudad Juárez, Chihuahua (que de 2008 a la fecha ha tenido más de 21 mil asesinatos, de los que 14 mil fueron en esa ciudad), AMLO dijo a las víctimas y sus familiares ahí presentes, que reiteraba su “llamado a la unidad de todos los mexicanos, a ser respetuosos y tolerantes (…) pensando que la patria es primero y estar dispuestos a perdonar (…) el mal se debe enfrentar haciendo el bien y no podemos aplicar la Ley del Talión de ojo por ojo o diente por diente, porque nos vamos a quedar chimuelos (…) estoy a favor del perdón”. La gente se encrespó: ¿la Patria es primero?, sí, igual que la patita va al mercado con rebozo de bolita… ¿qué tiene que ver que la Patria sea primero con la aplicación de la ley, la procuración de justicia? Nada. El perdón sin olvido tiene otro nombre: impunidad. Las leyes penales no dejan chimuelo a nadie (¡respeto, carajo!, los que han perdido padres, hijos, esposos, amigos, no merecen semejantes respuestas).

 

Sus colaboradores y próximos secretarios, menos le ayudan. Para empezar, doña Olga Sánchez, quien será secretaria de Gobernación, habla de un proceso de “justicia transicional”, muy adecuado para cuando termina una guerra civil y no hay modo ni posibilidad real de procesar a todos los que de todos los bandos se agarraron a balazos. La “justicia transicional” se aplica muy a pesar de todos los que fueron víctimas, cuando no hay otra manera de terminar con un conflicto general, cuando no hay modo de conciliar la exigencia jurídica de hacer justicia, con la exigencia social de conseguir la paz… pero sin renunciar a la reparación a las víctimas en cuanto sea posible, eso no es renunciable. ¿Qué tiene que ver esto con meter en cintura a bandas de delincuentes?… nada. Son “flatus vocis”, palabras vacías, frases de quien supone que con su bien ganado prestigio de cuando fue Magistrada de la Suprema Corte, tiene la receta de los huevos tibios sin agua caliente. No, señora, no.

 

Y para seguirle, Alfonso Durazo Montaño, nominado por AMLO como su próximo secretario de Seguridad, con cero experiencia en el tema, dice cosas de ¡y retiemble en sus centros!, como: “Por difícil que parezca buscaremos y encontraremos el entendimiento entre todos los mexicanos”. No queremos “entendimiento” con los delincuentes, queremos seguridad pública… no nos dé recomendaciones de consejero matrimonial, esto es serio.

 

Don Durazo, por quedar bien con su jefe, insiste en el asunto de conseguir la paz repartiendo apapachos y suelta frases como esa de que “No se necesita ser Nostradamus para imaginar que, si seguimos con la estrategia represión, al final estaríamos entregándole al país 100,000 muertos más”… esos y más van a resultar con un ejército de paz.

 

Don Durazo para justificar su “estrategia”, dijo: “Analistas políticos coinciden en que toda guerra termina en un pacto”… ¡áchis!, ¿de veras?… ¿toda guerra?… que pregunte en Japón o que alguien le cuente que la Guerra de Reforma no terminó con acuerdos entre las partes: aplastaron a los conservadores y sanseacabó; la Revolución no terminó con ningún pacto con los porfiristas: los fumigaron y punto (la Cristiada sí terminó con un pacto, excepción que confirma la regla); y las dos guerras mundiales terminaron a bombazo limpio hasta demoler Berlín… pero, ojo, no estamos hablando de guerra contra ejércitos, sino de lucha contra  delincuentes. Que no enreden. No más babas.

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