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Miserable farsa / La Feria

Miserable farsa / La Feria
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Sr. López

 

En la familia del lado materno-toluqueño de este menda, siempre que había dudas sobre la calidad moral de algún joven que pretendiera entablar trato de noviazgo con alguna jovencilla del clan, se recurría sin dudar a los servicios de análisis y vivisección moral de la ochentona tía Victoria, señora de “amplia experiencia” (en vida tuvo más camas que la Cadena Sheraton), pues bastaba una charla informal de unos cuantos minutos con el desprevenido doncel, para que ella supiera con precisión cuáles eran sus intenciones y si portaba malas mañas. No fallaba nunca: -“Los huelo” -decía la tía; ha de haber sido eso.

 

Como bien sabe usted, los autores clásicos (en cuestiones de Estado, sociedad y política), plantean que hay varias formas legítimas de gobierno con sus correspondientes degeneraciones. La monarquía -el gobierno de una sola persona-, puede acabar (mal), si se transforma en tiranía; la aristocracia -el gobierno de  los mejores-, puede corromperse y llegar a oligarquía -cuando gobiernan unos pocos sin más mérito que su clase social-, o hasta terminar en plutocracia, que es cuando mangonean solo los ricos.

 

No está exenta la sacra democracia de estos riesgos. Sí, se puede corromper y llegar, primero, a demagogia y en casos terminales, transformarse en oclocracia, a resultas del hartazgo social de las mieles de la cleptocracia -los rateros en el gobierno-, que suele infectar a los demócratas de mentiritas.

 

Oclocracia, palabreja hasta difícil de decir, es el gobierno de la muchedumbre como escribió Polibio 200 años antes de Cristo, quien afirma: “Cuando la democracia se mancha de ilegalidad y violencias, con el pasar del tiempo, se constituye la oclocracia” (ya sabe usted, está en “Historias”: VI; 3, 5-12; 4, 1-11).

 

No faltará un ingenuo que diga que no suena tan mal, pero sucede que “muchedumbre” no es igual a “pueblo”, porque “muchedumbre” es la palabra con que los estudiosos se refieren -haciendo cara de fuchi-, a la masa, al gentío, aglomeración, tropel, chusma, multitud, tumulto, caterva… la manada pues, que opina sobre asuntos públicos sin conocimiento real y apoya con voluntad viciada,  irracionalmente, leyes, propuestas o proyectos que no encausan hacia el buen gobierno; aunque a veces esa voluntad viciada obedezca a un legítimo hartazgo de la plebe.

 

Por eso, en democracia, una vez que el pueblo vota, lo que sigue es que los elegidos para gobernar lo hagan con los que saben y nada más con ellos: legisladores, jueces, especialistas en asuntos de educación, salud, seguridad, economía, obras públicas. La democracia no exige consultar siempre y en todo a todos. Faltaba más.

 

Una característica de los gobiernos democráticos es precisamente que tienen la fuerza suficiente para resistir a la muchedumbre. Está bien, pero eso tiene un peligro, pues no es tan raro que un gobierno democrático le tome gusto a ejercer la fuerza del Estado para atajar los legítimos deseos y exigencias del pueblo y actúe como tiranía. Pasa.

 

Entonces, ya quedamos: la democracia se puede corromper, pasar a demagogia y acabar en oclocracia. ¿Cómo?, ¿para qué?… ¡ah!, pues resulta que el gobierno de la muchedumbre es casi siempre pura apariencia y que tras la muchedumbre, se oculte un autócrata que se escuda en los deseos de la mayoría -y en democracia ¡la mayoría manda!-, debidamente manipulada por el carisma del líder, con cataratas de propaganda, con dádivas y “programas sociales” (o una mezcla de todo eso). ¡Oh sí!, lamenta el del teclado darle estas nuevas.

 

Nada hay nuevo bajo el Sol; ya Rousseau (1712-1778), explicaba: “(…) la democracia degenera en oclocracia cuando la voluntad general cede ante las voluntades particulares, por ejemplo por artimañas de asociaciones parciales” (El Contrato Social, II, 3). No se tragaba el cuento don Juan Jacobo de que la masa mandara, tenía muy clarito que era, precisamente, una manera de manipular al pueblo, de parte de un particular o de “asociaciones parciales”. ¡Ándele!

 

El autócrata, quien concentra y ejerce a su capricho el poder, recurre a veces al truco de aparentar democracia mediante la oclocracia, para mantener sus acciones y decisiones sin contrapesos, límites, ni al alcance del juicio de las instituciones legales. “Lo pide la gente”, argumenta, sabiendo que él induce a la masa a exigir lo que él desea. Por otro lado, el autócrata suele rodearse de incondicionales, variante enmascarada del nepotismo.

 

Para los autoritarios y populistas que resuelven las cuestiones políticas y de gobierno imponiendo su criterio manipulando la opinión pública mediante el referéndum y la consulta popular, es que se acuñó el peyorativo término “bonapartista” (en referencia ¿a quién cree?… ¿a Napoleón Bonaparte?… no, pero estuvo cerca, a Luis Bonaparte, sobrino del otro, que dio un golpe de estado diciendo que “el pueblo lo exigía”). Por cierto, el término “bonapartista”, se le ocurrió a Carlos Marx con otro sentido, pero es de él. Pa’ que se lo sepa.

 

En México estamos curados de espantos con los sucedáneos de democracia que nos han recetado desde hace ya más de 80 años nuestros políticos. Últimamente hemos andando cerca de las faldas de esa señora de gorro frigio (que debió ser píleo, pero… otro día, es largo), no podemos presumir de ser una democracia así como de exhibición, pero vamos acercándonos.

 

Hemos sufrido demagogos y hasta en algún grado, cierto tipo de oclocracias con algunos presidentes que retacaban el Zócalo para que las masas demostraran públicamente su apoyo. Por algo los “acarreados” son patente mexicana. Pero son cosas de antaño, cosas que nos dejaron como a Las Abandonadas del poema (cursi y malo, que todos sabemos).

 

Ahora nomás falta que AMLO, indiscutible y legítimo ganador de la elección presidencial, sin darse cuenta o con intención, quiera escudarse en las consultas populares y referéndums. Ojalá no. Ojalá sepa lo que también dijo Marx: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

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