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Galimatías / cookies: nudismo digital

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Ernesto Gómez Panana

Hace un par de semanas compartí en esta columna algunas reflexiones sobre el nuevo entorno en el que estamos viviendo: la era del tiempo real y de lo inmediato que es también la era de un gran hermano que vigila, que escucha y mira todo lo que hacemos y que pareciera que es capaz de incluso, adivinarnos el pensamiento. Es como que nos mirara desnudos.

Y traigo esto a cuento de nuevo por una pregunta que -para confirmar lo dicho- leí en redes sociales, en el “muro” de “publicaciones” de una “amiga”. Vaya trío de conceptos que ya no son lo que fueron. Un muro que no es de ladrillos ni concreto, publicaciones cuyas moléculas no son de celulosa sino de cadenas de bytes, y amigas y amigos con los que uno convive y se conoce solo de manera intangible, usualmente superficial y tan frecuente o infrecuente como el mismo ecosistema y sus intereses comerciales lo permitan.

La duda de “mi amiga virtual” era respecto de cómo es que Facebook “sugiere” amistades nuevas y eso derivó en otra amplia reflexión sobre cómo es que todo lo que leemos, indagamos, escribimos, visitamos, grabamos, conversamos o escuchamos, deja una huella en la red y puede ser usado para “conocernos” mejor y vendernos productos con precisión milimétrica y cuando digo vendernos me refiero a viajes a Las Vegas, pastillas para elevar la autoestima o candidatos a la presidencia. Todo.

Usualmente, cuando abrimos una cuenta en cualquier red social o aplicación, se nos pregunta si queremos conocer los términos del contrato que estamos estableciendo y si aceptamos las condiciones del mismo. Usualmente -también- aceptamos sin siquiera leer eso que estamos aceptando y que implica abrirles nuestra casa, abrirles nuestro closet y quitarnos nuestra ropa con cámara escondida.

A cualquiera que lea esta columna le habrá pasado también que de repente la publicidad en Google o YouTube le ofrece por la tarde, cosas en las que “estaba pensado” ese mismo día por la mañana, o que al encontrarse en la fila del banco con un viejo conocido al que no quisimos saludar, rato después, Facebook nos lo sugiere como amigo. Se analiza incluso nuestra ubicación, los sitios que frecuentamos y cuánto tiempo pasamos en ellos. Nadie está exento. Todo queda registrado y se analiza. Debajo del aparente ecosistema de amistad, información y diversión, subyace un sistema de apropiación de información y vigilancia de ética flexible al que nosotros damos acceso voluntariamente a cambio de galletas -cookies-. El internet aprende a pensar como nosotros, a predecir nuestros deseos y preferencias, busca -y literalmente logra- meterse en nuestro pensamiento y generarnos una suerte de adicción.

La próxima vez que abra una app y que esta le notifique que se usan “cookies para mejorar el servicio”  y le pregunten si acepta los términos y condiciones habrá que pensarlo un instante. Nuestra información vale mucho más que cualquier test gratuito de esos que a cambio de regalarles el acceso a nuestra información nos enseña “cómo nos veremos en 50 años”  o “a qué artista de Hollywood te pareces.

Estimades tres lectores, Galimatías es escrupuloso con los días de guardar. Volveremos en dos semanas. Feliz Pascua.

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