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Fantasías populistas

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Juan Carlos Cal y Mayor

Comenzaron ya por fin las campañas electorales y quedan menos de 100 días para la elección del próximo presidente de la República. A partir de ahora comenzara la invasión masiva de espectaculares, spots de radio y televisión así como la publicidad y propaganda desde todas las herramientas digitales disponibles.
Si algún déficit padece nuestra democracia es que las plataformas electorales que desmenuzan las propuestas por cada uno de los temas de la administración, sirven como mero requisito. Las campañas se centran en  la descalificación de los adversarios, las arengas y ofrecimientos a diestra y siniestra (muchos de ellos incumplibles o simplemente demagógicos) pero finalmente lo que captan los medios de información son las ocurrencias y las frivolidades. Así que Amlo es “Andrés Manuelovich”, José Antonio Meade el “Yo mero” y Ricardo Anaya  “insoltin and unacceptabol” y así arrancamos.
Por si faltaba algo, enfrentamos como nunca; igual que sucedió con el Brexit, las elecciones en Francia o Estados Unidos; la invasión de las Fake News (noticas falsas) y el uso indiscriminado e ilegal de los datos personales extraídos de plataformas como Facebook. La utilización de algoritmos y los servicios que ofrecen empresas como  Cambridge Analytica, para literalmente bombardear y manipular a los electores con información, atendiendo más a los miedos, temores, odios, enojos o resentimientos; que a inducir un voto razonado y consciente ponderado en las propuestas y posturas políticas, así como la idoneidad, experiencia y preparación de los candidatos.
En la guerra y en el amor, todo se vale. Se nos pintan argumentos en un escenario maniqueo de buenos y malos, donde al final de cuentas ni todos los malos son tan malos ni los buenos tan buenos y elector termina desencantado llegando a la conclusión de que todos son iguales o peor aún, que no vale la pena ejercer el voto. Ante la crisis de credibilidad y descontento de que adolecen las democracias occidentales; lo cual se ha hecho extensivo a otros modelos como sucedió con la llamada primavera árabe; los liderazgos populistas de izquierda o derecha van en aumento. Lo malo es que los que pagan los platos rotos de todos estos ensayos son en ocasiones generaciones completas de ciudadanos en los países que se han dejado arrastrar por ese voluntarismo de liderazgos que asumen encarnar los sentimientos y las necesidades del pueblo.
A la caída del muro de Berlin y el desmantelamiento de la Unión Soviética, así como la conversión de China, la India y los países asiáticos al libre mercado y la globalización aunque controlados desde el estado; Francis Fukuyama publicó un ensayo que tituló, El fin de la Historia, en que presagió el estadio último de la evolución política. “Para él, dos eran los impulsos que servían de motor a la historia: la razón científica, que conduce de forma inexorable al capitalismo y, por ende, al individualismo; y la voluntad de ser reconocido por los otros. Para Fukuyama, la consecuencia lógica de ambas inercias era el triunfo de la democracia liberal, que se impondría sobre todas las demás ideologías en una hegemonía que determinará el fin de los grandes acontecimientos humanos, esto es, el fin de la historia.” (Letras Libres, 31/1/17 Aurora Nacarino-Brabo)
Y he ahí parte de la solución –el triunfo de las democracias liberales- y parte del problema; la expectativa de que como por arte de magia, democracia y libre mercado, resolverían por decantación problemáticas mas complejas como la desigualdad social, el rezago y la marginación en países considerados en vías de desarrollo como el nuestro.

Así pasó con Vicente Fox y la llamada transición democrática. Aunque mantuvo los índices macro económicos (poca inflación y fortaleza del peso mexicano) no logró, por falta de apoyo en el Congreso,  impulsar las reformas estructurales al igual que Felipe Calderón al que le detonaron además, de forma alarmante, los índices de inseguridad producto de la guerra al narcotráfico. 12 años perdidos por la falta de acuerdos con congresos de mayoría opositora.

Fue hasta el triunfo del actual presidente la República que se lograron los acuerdos que el país necesitaba para detonar sus potencialidades que comenzaron hace 25 años con la firma del TLCAN y su integración económica con los Estados Unidos y Canadá. Por eso la izquierda se fraccionó ante el radicalismo de López Obrador y su oposición al régimen “neoliberal” que no es otra cosa que la integración de México en la globalización y la economía de mercado. El rancio discurso de que las políticas son ordenadas desde el banco Mundial y Wall Street anteponiendo los intereses del gran capital. Paralelamente a ello, el surgimiento del populismo y el intervencionismo de estado (socialismo) en los países de América latina. La famélica supervivencia del Régimen Cubano, El socialismo del Siglo XXI con Hugo Chávez en Venezuela y sus aprendices, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Cristina Kirchner en Argentina.

La Revolución Digital y el acceso a las redes sociales -71.3 millones de usuarios en México- están generando nuevas corrientes de opinión y que hoy propagan con efectos virales el descontento social y la crisis de las instituciones del estado pasando por el descredito de la política.

Se trata de socavar a toda costa el “establishment”, el establecimiento, el sistema, la Mafia del Poder o como le guste llamar y vaya que lo están haciendo con eficacia. El resurgimiento de “líderes redentores” como sucede con Donald Trump en los EU y López Obrador en México, es prueba de ello. Aunque moleste la comparación pero ya ha sucedido con la China de Mao, la URSS de Stalin, la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Líderes que en el éxtasis de su poderío arrastraron a millones de personas hacia su desventura. En Corea del Norte se vive una dictadura con tintes de monarquía hereditaria con Kim Jong-un. Cuba sigue siendo de los Castro tras seis décadas de historia. Y la Venezuela de Maduro vive ahora la dictadura –con procesos democráticos simulados- que iniciara Hugo Chávez, convertido post mortem en prohombre de los países no alineados.

En su historia política, México no es ajeno a ello. Santa Anna -11 veces presidente- el mismo Benito Juárez que después de vencer al segundo imperio, pretendió perpetuarse en el poder hasta que la muerte lo detuvo y Porfirio Díaz con 3 décadas en el poder son constancia de ello.

Lo que se juega el 1 de julio es el destino de nuestro país y el contraste lo representan dos opciones: el populismo a perpetuidad –el país de un solo hombre- con su respectivo retroceso económico y social -la fantasía populista- o la continuidad y mejora de políticas que conviertan a México cada vez más competitivo. Así que mas vale que Anaya, Meade y Margarita Zavala se pongan de acuerdo y ubiquen el antimodelo de país. Ojalá comprendan que sobre sus hombros pesará el dividir el voto de una mayoría de mexicanos que no queremos conocer la Isla de la Fantasía. El populismo como sucede siempre, ya enquistado en el poder; comienza con sus referéndums, elimina la democracia representativa y substituye la administración de justicia con jueces a modo. Se perpetua en ocasiones sacrificando generaciones enteras. La historia esta plagada de ejemplos…

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