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Es ganancia / La Feria

Es ganancia / La Feria
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Sr. López

 

Hace unas cuantas Ferias, comentábamos en México que pareciera que nos hemos ido acostumbrando a tener gobernantes malones y ahora, en plenas precampañas, algunos  competidores hacen gala de una cierta afición a meter la pata (con humorismo que raya en el cinismo contumaz), sin mencionar por ausencia de  esperanza, la cota rasante a nivel terracería de las prendas intelectuales de no pocos políticos de los que hace mucho están en la cosa pública, sin despreciar a ninguno por falta de estudios o títulos, que los ha habido prácticamente analfabetos como Carlomagno, restaurador del Imperio Romano de Occidente, a quien no menguó su talla de grande de la historia no haber leído jamás tres libros.

 

Aceptando que a éste hato al poder (con las no tan raras excepciones, bla, bla, bla…), predicarles virtudes es tan eficaz como combatir un incendio a buches, es que propuso este López fomentarles vicios escogidos, a modo de ahorrarnos achuchones y regresar a márgenes aceptables los desvíos de su conducta pública, pues no están en nuestro interés sus hábitos privados, el estado de sus almas y su seguro destino, de tener razón la Biblia y Dante.

 

De esta manera, apuntamos antes que pudiera resultar algo positivo para la patria conseguir que dedicaran mayor parte de su tiempo a la lujuria, pues atentos -no distraídos, atentos-, en obtener con tanta frecuencia como les fuera posible, los favores del sexo de su preferencia -en estos tiempos, créamelo, es mejor decirlo así-, disminuyen notoriamente las funestas consecuencias nacidas de ejercer el cargo sufriendo congestión de humores, a más de la apreciable ventaja de la indefensión de los ratos indispensables para reponer fuerzas y recargar ánimos, durante los cuales no ha nacido quien alegue, consiguiendo tal vez que así, por boca de sus compañeros de retozos, se enteraran de algo de la realidad nacional, del calibre de sus estupideces más recientes y hasta firmes promesas de enmienda, con tal de tener de nuevo acceso a las delicadezas genésicas del objeto de su lascivia.

 

Toca hoy turno a ponderar la virtud de la pereza, tan injustamente calificada como vicio, por malinterpretada. Pereza no es desgana -materia médica-; tampoco es desidia, dejadez ni apatía -asuntos del psicólogo-; cuantimenos la pereza es vagancia, holgazanería ni negligencia -problemas no atendidos nalgarmente en la infancia-; pereza es el hábito bueno, la virtud de no hacer nada si puede ser hecho por otro: no es pereza parar a un taxista para cambiar la llanta ponchada del auto, como no es pereza pagar al jardinero ni al plomero, ni comprar hechas las camisas.

 

Importa mucho ponderar la pereza bien entendida, por sus implicaciones en cuestiones de administración pública, pues está de moda el más irracional activismo como sinónimo de energía, salud y extraño método de prolongación de la existencia. Ahora es digno de repulsa quien permanece una hora más por las mañanas en la cálida seguridad de su lecho, en lugar de salir a trotar entre malolientes nubes de humos, por calles frecuentadas por malandrines igual de madrugadores, sorteando perros de dudosas intenciones y tolerando el irracional saludo de desconocidos excedidos de peso, felices de ir caminando enfundados en “trajes de deporte”, rumbo al puesto de tortas de tamal.

 

Y ese activismo aplicado a los asuntos de Estado es de alta peligrosidad. Nuestros políticos cuando menos de Luis Echeverría para acá, creen obligatorio inaugurar toda obra pública o fiesta popular, dar banderazos de salida, abrir válvulas, encender focos, sembrar árboles, dar el escobazo inicial en campañas de limpieza, vacunarse en público y entregar diplomas, títulos de propiedad, llaves de tractores o niños en adopción. ¡Alto!

 

El activismo presidencial corroe a la nación. No es exageración: el actual Presidente, desde el primer día en el cargo -1º de diciembre de 2012-, al 18 de agosto de 2015 (no encontró el del teclado información actualizada), ha realizado 258 viajes al interior del país; consideremos siempre que los viajes en México son de un solo día; aparte, son las 35 giras al extranjero (más de 60 días fuera). Si fuera el Superman de Toluca, llegando, llegando, se pone a trabajar, pero no, no parece ser de acero y debe tomarse algún descanso, agreguemos conservadoramente medio día por gira, para reponer fuerzas (no es gran cosa, piense cuando regresó de China… apenas); eso arroja un total de 477 días fuera de su oficina.

 

Haga la cuenta: son 990 días en ese periodo, reste los 477 de giras, nos quedan 513; reste ahora las vacaciones presidenciales (oficialmente, son 24 días), ya restan sólo 489; menos los dos días de cada uno de los 135 fines de semana de ese lapso, da 270; ya nos quedan 219 días en la Ciudad de México… pero cuando está en la capital del país, si no tiene un acto público, abandera a alguien, inaugura algo, lo visita la delegación olímpica, la selección nacional de futbol, las Chivas o el Atlas.

 

Y ese activismo brutal alcanza a quienes aspiran al cargo de Presidente: no cabe preguntarse a qué hora trabajan, sino a qué hora piensan, a qué hora ponderan los asuntos. ¿Se los imagina leyendo y tomando notas?… ¿caminando solitarios por un umbroso parque con un legajo en las manos, repasándolo de vez en cuando?

 

Es urgente iniciar una cruzada en pro de la santa pereza. De la siesta. De no levantarse antes de las nueve de la madrugada. No es productivo moverse todo el tiempo y menos, a lo tonto.

 

Y ojalá se incorpore a la Constitución: quien llegue a Presidente debe estar obligado bajo estricta supervisión, a permanecer  solo en su oficina, no menos de seis horas diarias (si se pone a ver televisión o dormita, disminuirían sus posibilidades de arruinar algo); y luego, dos horas dedicadas a tomar acuerdo obligatorio con cada uno de sus secretarios. Después… después debe quedarle prohibido hacer nada oficial, vigilado por el Estado Mayor Presidencial.

 

No gana la patria, pero perdemos menos y como estamos, perder menos ya es ganancia.

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