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El traje del emperador / A Estribor

El traje del emperador / A Estribor
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Juan Carlos Cal y Mayor

Me preguntan, me pregunto, porque un tema recurrente en mis análisis versa sobre lo que hace o dice cotidianamente el presidente López Obrador. Para aquellos que se irritan por esa circunstancia, hay una sencilla explicación. El presidente es la máxima figura del país y acapara con su particular estilo de informar, y comunicarse, la agenda nacional. Ocupa y preocupa lo que diga, por trivial que parezca, porque muchas de sus expresiones, comentarios o iniciativas tienen sin duda repercusiones, implicaciones y consecuencias.

Sus conferencias matutinas con duración de entre hora y media y dos horas, generan un torrente de información que resulta imposible ignorar. Ese dinámica provoca una fricción constante entre sus apoyadores y criticos e incluso analistas que procuran ser lo más objetivos y les resulta posible. La dialectica del presidente polariza porque invariablemente confronta a lo que llama sus adversarios y a los que tilda de conservadores por el simple hecho de disentir.

Resulta casi enfermizo no tener otros temas de discusión. Pero el acapara la atención, es el presidente. Por si faltara más, televisoras como Milenio transmiten en vivo sus giras y respectivos discursos completos que más que eventos oficiales parecen actos de campaña. A eso hay que agregar la peculiaridad y pintoresco vocabulario que emplea para lograr una comunicación efectiva con las masas a las que llama “el pueblo”.

Peña Nieto fue arteramente criticado por las más mínimas pifias. De ellas derivaban un caudal de memes, cartones y diatribas que la entonces oposición viralizaba y festinaba a rabiar. Ayotzinapa y la Casa Blanca  fueron los tiros de gracia en una campaña perfectamente orquestada para socabar su popularidad y con ella la del PRI que Influyó de manera importante en la derrota de José Antonio Meade.

A eso hay que sumar la mezquindad de Ricardo Anaya que, como juez y parte, siendo presidente del PAN lo dividió antenponiendo sus aspiraciones personales. Su estrategia de capitalizar el voto útil contra López Obrador, cayó sepultada toda vez que Peña Nieto advirtiendo un eventual triunfo de Morena prefirio pactar a cambio de ser intocable. La inquisición judicial de que Anaya fue objeto fue premeditadamente dirigida para frenar cualquier posible repunte, pero todo eso ya es historia.

El exceso de exposición a que se somete la figura presidencial representa una oportunidad pero también implica riesgos. Si bien es cierto que el presidente goza de popularidad según las encuestas publicadas con cierta periodicidad, también lo es que muestran un ligero pero paulatino descenso. La evidencia demuestra que la aceptación presidencial no se traduce en intención de voto. El poder desgasta, no solo la critica. La economía empeora y la inseguridad sigue a la alza. Los daños colaterales producto de improvizaciones, como sucede en el sector salud, afectan a los más vulnerables, que son su nicho natural de mercado.

Morena enfrenta muy prematuramente un divisionismo inocultable y erocionador. Su intención de voto ha caido a un 36%. No hay aún una solida oposicion pero si un decidido y eventual voto de castigo que encontrará su cauce. Los miembros de la cohorte gubernamental, los propagandístas, los turiferarios y los aún supervivientes seguidores, no reconocen yerros del presidente. Lo asumen inmaculado, infalible, irrefutable. Adoptan como un dogma de fe su vocación predestinada, moral y transformadora. No se atreven a rebatirlo, a cuestionarle. Se instalan en la vanagloria. Dejan caer todo el peso político sobre sus hombros. Como en el conocido cuento de Hans Christian Andersen nadie se atreve a decirle al rey que camina desnudo.

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