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El reino animal / La Feria

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Sr. Lopez

 

Tía Cuquita, se casó cuatro veces, la quinta vez nomás se juntó… y la sexta y las siguientes. Un día este menda le oyó decir que ya estaba harta de trámites, total, todos eran lo mismo. Bueno, cada quién.

 

Si tuviera que definir al mexicano estándar, al tenochca simplex, o sea: a nosotros los orgullos integrantes del peladaje nacional, con una sola palabra, ¿cuál elegiría?

 

Bravo. Bailador. Inculto. Fiestero. Macho. Indolente. Malhecho. Briago. Musical. Irresponsable. Ignorante. Sabio.  Laborioso. Ingenioso. Alegre. Poético. Bueno, de eso, todos tenemos un poco o cuando menos, conocemos a alguien con alguna o varias de esas características. Pero aquí lo que se le propone es encontrar una palabra que nos describa si no a todos (siempre hay raros y excepciones), a una mayoría de casi todos.

 

Le propongo: flemático.

 

Sí, más flemático que un inglés de la ‘City’ en Londres (reflexión original ajena a este Lopez… no quiere uno andar en dimes y diretes, como los de Sabina Berman que acusa de plagio a Enrique Krauze, lo que equivale a decir que Pancho Villa era bailaora de flamenco, clavel reventón en la boca, abanico coquetón y peineta… con todo respeto por doña Sabina).

 

De regreso al asunto: el mexicano puede ser descrito con esa sola palabra, flemático, entendiéndola como sinónimo de impasible, imperturbable tirando a indiferente.

 

Pareciera la peor descripción del mexicano 100% puro de origen. Se supone que por un quítame estas pajas nos agarramos a tiros, que por un bache cerramos una carretera internacional, que por mantener la industria nacional del narcotráfico, nos abanicamos con 300 mil cadáveres.

 

Sí, cualquier extranjero aficionado a la lectura de las noticias nacionales podría pensar que para ir al Oxxo, llevamos escopeta cuata, escuadra 45 al cinto y un puñal en la boca… pero, no, con la pena, pero no.

 

Es muy fácil estereotipar nacionalidades: el francés es romántico y de bigotito; el alemán, trabajador y de cerebro cuadrado; el yanqui, bobo, trabajador y de cerebro cuadrado… y supuestamente el inglés es el flemático (sí, cómo no, nomás recuerde las que hacen los aficionados al futbol de allá y las manifestaciones masivas y siempre violentas, que organizan si no les parece la combinación de corbata del príncipe Felipe).

 

Para flemáticos, nosotros. Para abrir boca, Antonio López de Santa Anna, fue presidente de México en siete ocasiones (del 16 de mayo de 1833 al 3 de junio de 1833; del 18 de junio de 1833 al 5 de julio de 1833; del 27 de octubre de 1833 al 15 de diciembre de 1833; 24 de abril de 1834 al 27 de enero de 1835; del 23 de marzo de 1839 al 10 de julio de 1839; del 21 de marzo de 1847 al 2 de abril de 1847; del 20 de abril de 1853 al 5 de agosto de 1855); y no crea que se imponía, hasta mandaban por él a Colombia, donde se divertía mucho y hacía lo que le gustaba; nada. Luego, nos echamos catorce años con Benito Juárez de Presidente (del 15 de enero de 1858 al 18 de julio de 1872), a trancas y barrancas, con legalidad muy en entredicho, y a nadie se le movió el copete. También aguantamos sin hacer ascos, casi 30 años con don Porfirio Díaz atornillado a La Silla (de 1884 a 1911), y si no hubiera sido por los propios hacendados, ahí se hubiera quedado hasta bien morir, sin que haya hervido el país (había grupos de revoltosos, pero molestaban a don Porfirio tanto como las moscas en la cola a una vaca).

 

No pasemos por alto 77 años de priismo (la primera tanda de 1929 a 2000; la segunda del 2012 al 2018). Y en el territorio patrio, reinaba la indiferente tranquilidad de un pueblo flemático como no hay otro. Cada quien a lo suyo.

 

Nada más piense: en 200 años de ser país, tres hombres nos gobernaron de 1833 a 1911; y el régimen priista casi todo el siglo XX (con doce años de interregno panista, de risible memoria, interregno en su más estricta acepción, ahí le busca).

 

Ahora se supone que por un memorándum que firmó nuestro Presidente actual, debería estar lloviendo azufre… no, por más que rompa el orden legal, por más anticonstitucional que sea, créale al del teclado: al peladaje le importa un reverendo y serenado cacahuate (él lo sabe).

 

La prensa, (fifí y frufrú), la comentocracia, los analistas, podrán jalarse de los pelos: no pasará nada, aunque pase (¿y qué es lo peor que puede pasar?: que no se acate la orden de no aplicar la ley federal de educación contenida en la Constitución o que hagan como que sí, pero no).

 

Lo interesante es adivinar cuánto aguanta un país este estado de cosas. En nuestro primeros dos siglos de ser Estados Unidos Mexicanos (que así nos llamamos, aunque duela), cuatro regímenes (Santa Anna, Juárez, Díaz y el PRI), cada uno bailando polkas, sandungas, valses o mambo en la Constitución (nomás que sin decirlo y menos por escrito y firmado), pero sin que podamos sostener, sin que nos gane la risa, que hemos sido un país gobernado ley en mano… eso, no. Y la raza de bronce, impávida, flemática.

 

Más interesante es tratar de adivinar que viene después de este Presidente. Los actuales partidos políticos, difícilmente le pueden ganar las elecciones del 2024, digo, tendrían que resucitar de sus cenizas. Por el PRI no votarán ni los priistas (con sus excepciones, ya quedamos); por el PAN, nadie va a querer ir; por el PRD, solo los aficionados a los rompecabezas incompletos; los partidos chiquitos, no hacen uno.

 

¿Qué, qué va a pasar?… porque nuestro Presidente no le va a aflojar, va derecho y no se quita. Sabe cómo es el pueblo bueno (flemático), y sabe que si logra que la economía no se vaya al desbarrancadero, aguantamos; que mientras la delincuencia, siga como está, aguantamos; por el puro gusto de purgar a sus opositores.

 

Aunque, también puede pasar que de repente y de dónde menos se lo espera nadie, surja un partidote, bien estructurado, aglutinado, con alcance nacional, y eso los únicos que pueden hacerlo son los maestros… y cantaremos muy afinados: Caminito de la escuela, apurándose a llegar, con sus libros bajo el brazo, va todo el reino animal.

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