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El lenguaje de la política / Sin palabras

El lenguaje de la política / Sin palabras
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José Antonio Molina Farro

Me reafirmo. El hombre es un ser semiótico, capaz de crear espacios sociales con la palabra. Vasconcelos dice: ” hay libros que leo sentado y libros que leo de pie”, cuando la lectura de estos últimos lo llevaba a una exaltación casi litúrgica. “Sin palabras”, texto de Mark Thompson, un libro escrito con rigor y pasión, arremete contra el miasma de la manipulación y las medias verdades que corroen a la política contemporánea.

Vivimos, dice, una transformación del lenguaje sin precedente. Le asiste la razón, el estudio del lenguaje político se consideraba antaño la reina de las humanidades, hogaño languidece en el anonimato. Es cierto que nunca hubo una edad de oro del lenguaje público, ni un jardín del Edén en el que dirigentes y pueblo vivieran en perfecta armonía, pero hoy los tiempos exigen, como hijos de la Ilustración que somos, reconocer que cuando falla el lenguaje público las instituciones públicas se descarrilan. Las consignas, el “chayote”, los rencores, los ataques ad hominem y las mentiras descaradas desplazan el debate racional.

El filósofo francés Paul Ricceur utilizó la expresión  <hermetismo de la sospecha > para describir un rasgo concreto del pensamiento moderno. Marx, Nietzsche y Freud detectaron una capa de falsedad y engaño en la conciencia y el habla. El escritor Foster Wallace diagnosticó que nuestra cultura estaba empapada de sarcasmo, cinismo, “un hastío frenético”, la sospecha hacia la autoridad y una afición terrible a los diagnósticos irónicos. Elliot dice que las palabras se tensan, se agrietan, se resbalan. Voces chillonas haciendo burla. Claves subliminales para inducir la respuesta deseada.

La intolerancia y la sospecha están en auge en casi todas partes y las mentiras se perpetúan sin que nadie, o muy pocos las denuncien. La crisis de nuestra política es una crisis de nuestro lenguaje político. Las palabras son < prolépticas>, toman una situación futura imaginaria y se presentan como la realidad del momento. Estamos tan enajenados en lo nuestro que somos incapaces de lo más elemental en una sociedad civilizada, aceptar discrepancias y puntos de vista diferentes. Aristóteles en la Retórica, habla de las bondades de la retórica deliberativa que es más digna del hombre de estado, pues aborda asuntos que interesan y preocupan a la gente y es menos propensa a la parcialidad y las triquiñuelas.

En el Poema de Parménides, La Diosa dice: “Debes esforzarte por saberlo todo, tanto el corazón inmutable de la realidad como las opiniones de los mortales que revelan su falta de entendimiento. Aun así, deberías interesarte por sus opiniones, pues sólo entonces podrás entender las impresiones y actitudes que los seres humanos toman por la verdad”.

El auténtico liderazgo demanda autenticidad y sustancia, no frivolidad ni desgano. Los teólogos medievales le llamaban  <acidia> a la desconexión entre las palabras y los hechos. ¿Y en México que pasa? ¿En Chiapas donde estamos? De E.P.N. ni hablar. Su torpeza es proverbial. Un desperdicio cruel, infame, del capital político conque inició su gobierno. Vuelta a Vasconcelos: “Tremenda responsabilidad haber despertado en vano la esperanza”.

De Manuel Velasco debo reconocer avances en la libertad de expresión, la antítesis de su predecesor. El mantener al estado en paz, lo que no es cosa menor, así como utilizar el monopolio de la violencia legítima con mesura y prudencia. Saber administrar la deuda que le dejó su antecesor no es poca cosa. Aunque hay que reconocer la falta de recursos en áreas clave de la administración. Por su parte, hay que decirlo sin tapujo, existe una falta de determinación para tomar decisiones firmes y con sentido de oportunidad. La deuda se multiplica y los créditos Banobras topados. Además, Manuel carece de una virtud esencial en los estadistas, saber seleccionar a colaboradores experimentados, honestos, verificables y escrutables, capaces de hablarle con la verdad y los desaciertos de su gobierno, cuya popularidad va en caída, según la encuestas más serias: las de la opinión pública. Los apóstoles dispuestos a decir amén y los turiferarios de parroquia no tienen cabida, no deben tener, en el gobierno de un aspirante a la silla presidencial. El cuatismo y el cuotismo si hay que utilizarlos, hacerlo como excepción y no como regla.

 Un funcionario del gobierno que apenas renunció está en plena precampaña, lo mismo un ex funcionario del poder judicial y otro más que aspira abiertamente sin renunciar al cargo, aunque no se daría por mal servido con una senaduría. Esto, por sí mismo, no es censurable, sí lo son las renuncias a destiempo. El permitir o auspiciar hacer precampañas en el desempeño de un encargo. Cómo pues, Manuel,  ganar el respeto y reconocimiento de la gente, más allá de mítines grotescos con acarreados que van por la torta y la dádiva, a lo que líderes corruptos no son ajenos? Ahí la dejo.

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