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Chabelita sufre / La Feria

Chabelita sufre / La Feria
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Sr. López

 

Sabido es que el berenjenal genealógico de este menda, se constituye por toluqueños del lado materno y autlecos de Jalisco, del paterno. Había diferencias muy claras y poco trato entre ambos bloques, pues eran muchas las diferencias y no raros los disgustos, unos -los de tierra fría-, reservones como toro toreado, y los otros, de tierras cálidas, más abiertos y menos dados a espantarse de casi nada, incluidos asuntos de faldas inquietas. Sin embargo ambas ramas coincidían en el repudio a un tío, Herminio, que tenía un grave defecto: todo contaba, de plano no filtraba, desconocía absolutamente la virtud de la discreción y lo peor del caso es que no mentía. Eso era lo peligroso: tío Herminio decía todo y todo era cierto. Terror.

 

Por supuesto decir la verdad es virtud… pero a veces es virtud criminal. Y por supuesto, también, mentir está mal… pero a veces es obligatorio mentir. Cualquier persona en pleno uso de sus facultades mentales lo sabe y no requiere de ningún razonamiento muy elaborado para saber qué es correcto hacer en cada caso. A nadie beneficia contar que en su juventud, la abuela del vecino trabajó de pupila en una casa de mala nota, por más cierto que sea; del mismo modo que solo salen males cuando, por un tonto arranque de sinceridad, una esposa en plena la Luna de Miel, le suelta a detalle a su flamante consorte, su agitado pasado sicalíptico, con un estimado -en docenas-, sobre el número de compañeros de retozos que ha tenido… no señora: se miente, ¡se miente!

 

Eso vale para la vida individual y hasta para asuntos de la cosa pública: decir siempre la verdad (o mentir siempre), no es recomendable, pero a veces (a veces), es indispensable la verdad y exigible la mentira (se repite el “a veces”).

 

Sin embargo hay asuntos en los que es requisito inexcusable decir la verdad, piense en el ejercicio de algunas profesiones, por ejemplo la medicina: es un imbécil y un criminal el médico que engaña a su paciente y lo deja con la idea de que reboza salud por los poros, cuando debería ir buscando Notario para poner en orden sus asuntos. También es requisito la verdad en la publicidad o en la información sobre el contenido y compuestos de alimentos procesados, por supuesto, que es una fechoría poner una etiqueta de “libre de azúcar” a una charamusca que puede costarle un grave achuchón a un diabético… y en la prensa, eso que ahora llaman “medios”, es indispensable, por ser eso, medios de información.

 

Que haya personas que se informan en “las redes”, es muy del gusto de cada quien, pues en ellas es pandémico el engaño. Pero que el ciudadano común tome por cierto lo que se publica en periódicos, revistas, radio y televisión, tiene su lógica, pues supone que al tener el membrete del “medio”, éste cuida su prestigio y verifica cada nota antes de publicarla… ¿sí?, pues no.

 

La prensa mentirosa no es novedad. Ya a fines del siglo XIX competían en mendacidad Joseph Pulitzer (dueño del New York World, desprestigiadísimo en su tiempo, para que le piensen los orgullosos premiados con “el Pulitzer”), y William Randolph Hearst (del New York Journal), que no conocían límites en su guerra por ganar lectores y no se conformaban con exagerar, sino que francamente inventaban noticias, todo con tal de vender. Tienen entre sus pecadillos estos dos caballeros la invención -a iniciativa del gobierno de su país-, de la agresión de Cuba a la armada yanqui, que costó una guerra y la invasión de la isla. De lujo.

 

Pero algo pasa: es cada vez más común en la prensa que supone uno es seriecita, el pelotazo, la noticia-petardo, el escándalo con información mentirosa o en el mejor caso, sesgada y exagerada, al menos en el modo de titularla.

 

Dos casos de ayer: “Sobornos de sicarios a gobernadores. Reporte de la Universidad de Texas muestra cómo pagaron a los hermanos Moreira en Coahuila y a Fidel Herrera en Veracruz…”; y ya, la mayoría de la gente se lleva eso en la cabeza y no son sino los que se toman la molestia de leer todo, los que se enteran que es una versión de una Clínica de una Facultad de una universidad de Texas, que dice haber analizado las declaraciones de más de 20 testigos de tres juicios federales… y se queda uno pensando: si dijeron realmente eso, cómo se le hace para certificar su dicho como una sólida verdad. Al menos para la autoridad yanqui parece que no lo fue, pues no hay causas penales derivadas de semejantes afirmaciones. Pero para el tenochca estándar, queda como cierto: esos señores recibían dinero de sicarios (que ni siquiera es sinónimo de narcotraficante, pues sicario es el asesino a sueldo). Pelillos a la mar: dice esa Clínica de esa Facultad de esa Universidad, que un señor dijo que le dijeron que otro dio dinero a alguien que lo llevaba al Gobernador de turno: ¡santa palabra!

 

El otro de ayer: los “Paradise Papers”, escandalazo patrocinado por un grupo de periodistas (el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación), que “analizaron” documentación obtenida no se sabe cómo en la que se revelan sucios manejos financieros de ricos y famosos… aunque la nota dice (fíjese bien): “Nuevos datos de un bufete de abogados offshore podrían volver a exponer la riqueza oculta de algunos individuos, y mostrarían cómo empresas, fondos de cobertura y otras entidades podrían haber evitado pagar impuestos”; o sea: “podrían”, “mostrarían”… o sea, no se sabe, es condicional, pero igual, embarrados Carlos Slim, Alberto Baillères y muchos más, incluida la reina Isabel II del Reino Unido.

 

No es delito tener cuenta en un banco, esté donde esté el banco; tampoco, depositar dinero en países que cobren pocos impuestos o nada; y en cualquier banco del mundo puede haber dinero sucio… pero, igual, el chiste es aventar lodo, ganar lectores, sin ver  en esos medios que su credibilidad tiende a cero: la verdad es que ya nadie les cree nada y a este paso van a acabar provocando que exista una Comisión Nacional de Derechos Informativos (¡ajúa!).

 

Pero, igual, mientras, Chabelita sufre.

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