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Callar y aguantar / La Feria

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Sr. López

 

Tía Marce (Marcela, de las de Toluca), enviudó joven y quedó con una tiendita y una marimba de hijos hombres de 7 años, 6, 5, 4, 3, 2, 1 (y otro en el hornito, que también nació varón); ocho nenes y una tiendita para sacarlos adelante. Trabajando como afroamericana (cuidando el idioma políticamente correcto al uso), y al principio con alguna ayuda de los señores de la familia, fue creciendo la tiendita y para cuando este menda era ya adolescente, la tía Marce era un poco más qué rica y en su tiendita (que ya ocupaba una manzana completa), encontraba usted de mercería a aperos de labranza; de cemento y varilla a harina y levadura; granos, ferretería, carpintería, jarciería, vidriería, frutas, legumbres y ultramarinos. Todos los ocho hijos trabajaban para ella que a esas alturas ya no era una juncal y tierna viudita, sino un cetáceo con carácter de sargento. Resulta que la contabilidad y los asuntos de impuestos se los atendió siempre uno de sus cuñados, contador público de profesión, que tuvo a bien morir confortado con los auxilios espirituales, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la bendición apostólica (ya le dije, de los de Toluca), circunstancia en la cual, el hijo mayor de tía Marce -Andrés, como su papá-, informó a su mamacita, que el difunto la había robado toda su vida, a lo que ella preguntó cuándo se había dado cuenta: -¡Uy! desde hace más de 20 años -y la tía, con su tierno modo, le espetó: -No voy a saber nunca si tu tío era ladrón, pero que tú eres un idiota, sí, desde ahorita –y resultaron ciertas ambas cosas.

 

Entre los de nuestra especie hay delitos fétidos, de los que es hasta desagradable hablar. Entre ellos, el abuso, hostigamiento, asedio y acoso sexual (y contra menores de edad…. ya ni pensar en esas cosas).

 

En México existe desde 2007 la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV); cosa muy buena aunque pareciera apuntar a que el género masculino estuviera libre de sufrir tal situación. Por su lado, el Código Penal Federal incluye desde 1991 el delito de hostigamiento sexual como “(…) el ejercicio del poder, en una relación de subordinación real de la víctima frente al agresor en los ámbitos laboral y/o escolar. Se expresa en conductas verbales, físicas o ambas, relacionadas con la sexualidad de connotación lasciva”. En el acoso sexual no hay relación de subordinación pero implica un abuso de poder “que conlleva a un estado de indefensión y de riesgo para la víctima, independientemente de que se realice en uno o varios eventos”. O sea: cuando el acosador es el subordinado, ya se fregó la jefa o el jefe (que hay casos), la ley no castiga eso.

 

Precisa el artículo 259 Bis del Código Penal Federal que este delito corresponde: “Al que con fines lascivos asedie reiteradamente (¿reiteradamente… diario, cada tercer día, una vez a la semana?… es pregunta), a persona de cualquier sexo, valiéndose de su posición jerárquica derivada de sus relaciones laborales, docentes, domésticas o cualquiera otra que implique subordinación, se le impondrá sanción hasta de cuarenta días multa”; o sea, repito: si no es el patrón se vale. Y agrega en el siguiente párrafo: “Si el hostigador fuese servidor público y utilizare los medios o circunstancias que el encargo le proporcione, se le destituirá de su cargo. Solamente será punible el hostigamiento sexual, cuando se cause un perjuicio o daño. Sólo se procederá contra el hostigador, a petición de parte ofendida”… habría que ver que se entiende por perjuicio o daño, porque un moderado apretón no autorizado de glúteos, no daña, pero tampoco es chistorete. En fin. Legislar no es tan fácil.

 

Estos delitos tienen la prescripción que impide el ejercicio de la acción penal como en todos los delitos con una excepción: la pederastia y el abuso de menores es imprescriptible (menos mal).

 

Ayer se publicó que el laureado (10 Grammys) y famosísimo director de orquesta sinfónica y pianista James Levine (de 74 años de edad), fue echado del Metropolitan Opera House, donde fue el mero mero 40 años. El escándalo se desató por la nota principal que el 2 de diciembre de 2017, publicó The New York Times, con declaraciones de cuatro señores (entre cuarentones y sesentones), quienes afirmaron que James los acosó décadas antes.

 

Está de moda esto. Está bien exhibir a los abusadores. El problema es que acusaciones sobre cochinadas casi siempre imposibles de probar, sucedidas 30 ó 40 años antes, deshacen vidas y familias, sin que la prensa se tiente el corazón, sin que la ley se pronuncie ni las víctimas puedan aportar pruebas ni nada distinto a su dicho. Otro famoso que ya quedó en el basurero, es el comediante Bill Cosby, que incluso fue procesado ante la ley a los 79 años, ya ciego, y el juicio terminó siendo anulado porque no pudieron los jurados llegar a ningún veredicto; pero Cosby quedó ante la opinión pública universal como una sabandija, como un infame. Si es cierto o no, es lo de menos, la prensa ya se encargó de hacerlo polvo de mierda.

 

Hay otros casos parecidos. No duda el del teclado que sean veraces las declaraciones de las víctimas, pero si para la ley no es admisible una causa prescrita -en temas que tan difícilmente se pueden probar-, también debería haber otra ley que impidiera a los medios de comunicación propalar asuntos tan graves sin tener certeza y a sabiendas de que judicialmente son casos impresentables. Informar a cualquier precio incluye la posibilidad de destrozar vidas inocentes.

 

¿Existen estos delitos?: sí y son gravísimos. Lo que sostiene López es que está empezando a transformarse en choteo, en moda, y no es difícil que gracias a una prensa proclive a darle vuelo a todo pelotazo se estén cometiendo injusticias contra cada vez más inocentes, lo que a fin de cuentas acabará descreditando a las auténticas víctimas. Y entonces regresará todo a la situación anterior, al descrédito automático de las verdaderas víctimas, que regresarán al castigo continuo de callar y aguantar.

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