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Ahí nos vemos / La Feria

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Sr. López

 

La prima Lucía (de las de Autlán de la Grana, Jalisco), era una de esas mujeres, para ahorrar palabras, que cruzan la calle y dejan hirviendo el asfalto. La única mujer de entre los catorce hijos que hicieron su mamá (tía Lupita) y su papá, tío Geno (Genovevo), señor como de película en blanco y negro de los años 40’s del siglo pasado: rancherote duro y atravesado, prototipo del macho mexicano, de pistola al cinto y muy pocas pulgas, al que no había en la región quien le sostuviera la mirada y por supuesto, celoso de ruborizar a Otelo. A los 17 años de edad, la prima Lucía estaba harta del pueblo (del pueblo y de su papá), quería vivir en Guadalajara o en México, estudiar una carrera, hacer otra vida, pero no había manera ni de insinuar el asunto a su vigilante padre que la cuidaba más que el pueblo judío al Arca de la Alianza… pero, para mala suerte de tío Geno, se enteró la abuela Elena, quien le aconsejó a Lucía que se buscara al peor del pueblo, pero al peor-peor, uno junto al que Juan Charrasqueado pareciera San Luis Gonzaga, y dijera que estaba enamorada de él, pero que se encaprichara de veras… al mes ya estaba la prima instalada en casa de la abuela en el entonces D.F. (se tituló en la UNAM de química-farmacobióloga, tuvo los novios que quiso y luego se casó con quien le vino en gana). Sabia, la abuela.

 

Sostienen los que dicen que saben, que primero le entra seso a Trump que Meade gane la presidencia de la república, porque es tal el rechazo al PRI que el tenochca estándar está dispuesto a aguantar seis años de puntadas del Pejelectoral y de barbajanadas de sus cercanos, antes que dar su voto a torcer. Está bien. Puede ser… ahora resulta que hay pueblos que tragan lumbre.

 

Tal afirmación se fundamenta en las “tendencias” de preferencia electoral que consignan las encuestas que publica la prensa, cierta prensa (no toda), a sabiendas de que tales encuestas son sobre pedido (no todas, se entiende… pero sí más de lo comúnmente aceptado en países civilizados), y nadie menciona que el Instituto Nacional Electoral (INE), que entre muchas otras cosas, es la autoridad responsable de monitorearlas (supervisarlas), registró 34 empresas que se comprometieron a respetar los doce criterios establecidos por el INE para elaborar sus estudios demoscópicos (“demoscópico” término que se usa para darle tufo de cosa científica a una suposición expresada en números), criterios que incluyen el periodo de elaboración, la metodología aplicada, el “formato” (teléfono, cara a cara, internet), las preguntas hechas al encuestado (el modo de preguntar influye hasta en un 30% la respuesta, según Carlos Estrada, exanalista de Mitofsky), el costo, los nombres de los responsables, etc.

 

Así las cosas, el INE reporta que del 8 de septiembre de 2017 al 28 de abril de 2018, se han publicado 253 encuestas en los medios de comunicación, de las que solo el 53% (134) han cumplido los criterios establecidos para tomárselas en serio. O sea: poco más de la mitad (y han detectado alguna inventada de punta a rabo).

 

De entre el 47% de encuestas bien hechas (es suposición), el INE revisa la tasa de “ponderación”, que no es sino la aplicación a los resultados obtenidos de preguntar a mil o mil 200 tenochcas, el factor que le late a cada encuestadora (expresado con fórmulas matemáticas de poner los pelos de punta), para extrapolar el resultado obtenido al total de 89 millones con credencial para votar (89’123,355 por si le gusta la precisión). En pocas palabras: salen a la calle (o llaman por teléfono), y le preguntan a 1,000 ó 1,200… “ponderan” las respuestas y nos dicen que esa es la preferencia de todos los posible electores, advirtiendo que no son adivinanzas y que la encuesta sirve para muchas cosas, excepto para atinar ganador (¿entonces para qué las hacen?… ¿para influir en los votantes?… ¿para cobrar a su clientela?… averígüelo Vargas, diría Chabelita la Católica).

 

Revisa el INE, entre otras cosas, la “tasa de rechazo”, dato muy importante porque entre mayor sea el número de gente que rechaza ser entrevistada (responder a la encuesta), menor es la fiabilidad de los resultados que arroje… y ahí es donde la puerca tuerce el rabo.

 

Mire usted: ayer lunes, El Financiero publicó una encuesta en la que sale a la cabeza el santo señor de Macuspana, nuestro redentor autodesignado, nada menos que con el 50% de preferencia electoral (que vayan preparando los cuetes y la banda); el C.Anaya quedó en segundo lugar con el 24% y José Antonio Meade con el 22%… o sea (diría el clásico de Tabasco): este arroz ya se coció. Lástima que (consigna el mismo Financiero), esos resultados se obtienen sin tomar en cuenta a los “indecisos” (28%), ni considerando que el 47% rechazaron ser encuestados… ¡hágame el favor!

 

Invitaron a responder la encuesta a 1,777 personas, aceptaron la entrevista 1,201, y solo 865 dijeron por quién votarían… el 0.0009% del listado electoral y eso indica cómo votaremos el 1 de julio, 89 millones (o los que voten). ¡Cincho!

 

No sabe el del teclado si esta encuesta de ayer del Financiero, incluye la pregunta a los indecisos “aunque usted todavía no decide por quién votar, ¿con cuál de los siguientes candidatos se siente más identificado?”, porque en otras encuestas arrasa Meade con el 38% frente al 2% el Pejetrolero. O todavía más serio: la pregunta que dice “no sé por quién votar pero sí sé quién no quiero que sea Presidente”, en la que el campeonísmo es el Pejesús (68% de los electores no lo quieren en La Silla), frente al 26% de Meade.

 

Alguien, algunos, están necios en convencer a la gente que el Pejengañador patrio trae el triunfo en la bolsa: no es cierto. Y revisadas las cuentas en serio, hay dos conclusiones, la más seria, que aún no hay nada para nadie y la segunda, con la lógica de la tasa de rechazo y a quién no quiere la gente de Presidente, es que el  Peje, otra vez, se va a quedar con las ganas. El odio al PRI no da para tanto… no importa, don Pejeremías, para el 2024, ahí nos vemos.

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